El sol engañaba aquella mañana de enero, pues el frío era si cabe más intenso que la noche anterior. Se levantaron animadas por la breve excursión en solitario que por fin tendría lugar. Al fin y al cabo, ya tenían cinco años. Se vistieron rápidamente y desayunaron con los mayores en la mesa del salón, entre las pastas y el café que aún tenían prohibido tomar. Agarraron sus bufandas y unos guantes diminutos, mientras mamá y la abuela les ataban fuerte los abrigos. Había que evitar un resfriado. A las diez en punto sonó el teléfono. Se reclamba su presencia, habían nacido ya los gatitos en casa de la abuela Upe. Emocionadas, corrieron a la puerta, que se abrió de golpe con una ráfaga de aire helado y la presencia del abuelo, periódico en mano. Era un hombre bonachón, de cara roja y voz fuerte; y al ver a sus nietas no puedo mas que esconder rápidamente un par de monedas en los abrigos de las niñas, que rieron por lo bajo para no desvelar la travesura.
La abuela Upe estaba sentada en su butaca preferida, al lado de la ventana desde la que podía escrutar el estrecho camino que llegaba hasta la casa de su hija, desde donde vería llegar a sus dos bisnietas. Era un camino flanqueado por densos setos y altos llorones. Y al final del camino, justo en la entrada del patio, había plantado un pino viejo.
Llevaba allí tanto tiempo que nadie recordaba ya cuánto. Las raíces cruzaban el estrecho camino de tierra y se adentraban en los terrenos de un antiguo colegio, ya abandonado. Entre las ramas más altas podían encontrarse centenares de pequeños pájaros saltarines que volaban y mecían las hojas cuando el viento faltaba. Incluso en los días de lluvia, encontraban agujeros escondidos en el tronco donde refugiarse. Pero nadie le prestaba ya atención. Se había convertido en un elemento más, guardián de la casa de la anciana.
Las niñas llegaron abrigadas hasta las orejas y cogidas de la mano. El camino, aunque poco transitado, era excitante. Desde los escondrijos en el seto que daban a las huertas hasta el perro lobo del vecino de la abuela Upe. Todo era enormemente emocionante para dos crías de su edad.
A pesar del frío, la abuela Upe mantenía la puerta abierta. Esperaba sentada, observando cómo sus pequeños gatitos procuraban no separarse de su madre. Al oír los correteos de sus dos bisnietas en la entrada se sonrió. Las esperaba impaciente pues, sabía, que no tardaría mucho en decirles adiós.
1 comentario:
Has hecho un buen trabajo.
Pregúntame por la foto de las ramas sobre el fondo verde.
Adelante!
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